Las Palmas de Gran Canaria 20 JUN 2025
Anoche ir al teatro fue poner los pies sobre la tierra caliente del Sahara. Sin arena, ni palmeras. Con hilos rojos y telas que se mecían en el aire, el público viajó desde el patio de butacas al desierto vecino de la mano de la productora Unahoramenos, que estrenó ayer su último montaje bajo la dirección de Mario Vega.
Sahara. La barca del desierto cuenta la historia de Manuela, una enfermera de Arrecife con pasión por el cine y John Wayne que llega con la voz cargada de emoción al aeropuerto de El Aaiún en 1970 para trabajar, cuando este territorio africano todavía era español.
Su tono entusiasmado, fuerte e inocente es lo que la diferencia de la otra Manuela que también se pone sobre las tablas, la de 1991 que vive en Tinduf (Argelia) y a la que Mercedes, escritora e hija de su amigo Domingo -que también vivió en el Sahara antes de la ocupación marroquí- va a visitar para conocer aquello que años atrás le ocurrió y guarda en lo más profundo de sus entrañas.
Una botella de ron Arehucas que se abre en una jaima en Argelia sella la bienvenida. La Manuela mayor, en cuya voz -más calmada pero igualmente decidida- se esconden los ecos de una enfermedad acuciante y del sufrimiento pasado, empieza su relato.
La actriz Marta Viera las interpreta a ambas: a la enfermera que se enamora de Yahadih, un joven saharaui que se une al Frente Polisario, y a la misma mujer que años después llora al recordar, no solo la pérdida de su amor y de su compañera de hospital y amiga Minatu, sino el sufrimiento y el dolor de todo un pueblo que, abandonado a su suerte por España, fue despojado de su territorio y de su dignidad por las fuerzas de ocupación marroquíes.
La cuarta pared en este montaje no es invisible: está hecha de una tela finísima -como parece serlo la memoria- y casi imperceptible que separaba al público de lo que ocurría sobre las tablas. Mientras la escenografía bailaba al fondo, sobre ella aparecían proyectados fragmentos del NO-DO en los que el Sahara era provincia española y en los que un joven príncipe Juan Carlos se dirigía a la población.
Un acierto que hacía visibles sin nombrarlas a la incongruencia y a la contradicción. Mientras la vocecilla del noticiero franquista alababa las bondades del régimen con el pueblo saharaui, de fondo veíamos a una Manuela dejarse la sangre y la piel tratando de encontrar a Yahadih, desesperada por ayudar a Minetu y a su bebé y que casi muere entre carne quemada y napalm durante su travesía por ese desierto «que escupía balas».
Imaginar
Más que ver, imaginábamos, con el relato y las emociones de Manuela haciendo de guías, cómo fueron esos días de invasión, esos primeros años de exilio, de guerra entre el pueblo saharaui y un Marruecos que no daba tregua, que torturaba y violaba, que saqueaba las vidas de los saharauis para después vender sus pertenencias en mercadillos. También había que imaginar al resto de personajes de la obra, invisibles -como si el escenario fuera el mundo, que no mira, que no oye, que no quiere ver a los que llevan «el desierto en la sangre»- pero materializados a través de las palabras de Manuela, de siluetas, de ropajes vacíos.
Así, la enfermera canaria se aferra a un conjunto de telas el día que se casa con Yahadih, su John Wayne particular, un día en el que las estrellas brillan tanto que no se intuye la desgracia que está por venir.
«España no nos dejará tirados», le decía Manuela a Minatu con esa esperanza ciega propia del enamoramiento. Pero luego: Minatu embarazada, abandono de la administración española, muerte del futuro padre de su hija Mariem, la Marcha Verde, Yahadih supuestamente ahorcado en una celda, Minatu asesinada por un capitán marroquí, Manuela y Mariem, Mariem y Manuela. Solas.
Y de repente: Hanina, una vieja dromedaria a la que dieron vida Elizabeth Romero y Erick González con sus cuerpos sobre el escenario, esa barca en el desierto que protege a Manuela y a Mariem y les permite avanzar. Un animal, símbolo de resistencia y memoria para el pueblo saharaui, con un cuerpo fuerte que también sufre la crueldad de los invasores pero cuya alma se eleva sobre las tablas para quedarse flotando sobre Manuela y Mercedes. Suspendida en el aire, como la historia del Sahara Occidental, atrapada entre la memoria y el olvido, entre la resistencia y la espera de un referéndum, de un apoyo internacional que no llega. A la espera de justicia y de poder volver al hogar. «La verdadera paz se dará cuando cada uno esté en su casa», sentencia Manuela.
Vega aprovechó de nuevo el contexto del Laboratorio Galdós (en el que se enmarca esta obra) para la denuncia, para conectar el sufrimiento ajeno con el propio. En formato dramático pero con unos certeros toques de humor, el dramaturgo y el resto del equipo de Unahoramenos han tendido un puente a través de la historia y la ficción entre dos territorios vecinos para recordar un conflicto que sigue produciendo bajas a día de hoy, un reagrupamiento «temporal», como lo denominaba el NO-DO, que cuatro décadas después se mantiene estancado y en silencio.
«Hay dolores que no se superan, se cargan», le dice la enfermera a la escritora. Y la carga se hace algo más liviana cuando se suelta a viva voz a un interlocutor atento: «Necesitaba contar mi historia, me ha venido muy bien hablar», le confiesa Manuela a Mercedes.
Anoche, el silencio hizo ruido en el Teatro Pérez Galdós. Sin arena, ni palmeras. Con hilos rojos y telas que se mecían en el aire. Con la voz de Manuela bien adentro y el calor del Sahara metido en el corazón.